Pilar
Hoy iré a verla, decidido y valiente, con lo poco que me queda de inmortalidad y un ramo de rosas en mano.
I
Pilar aprendió a ser mamá cuando yo nací. Fui su primogénito, su alegría infinita, su dolor de cabeza.
(Pilar y yo, 1986)
De niño la consideraba mi enemiga. Se encargaba de que hiciera mis tareas, me comiera las verduras y me bañara todos los días, sin excepción.
Yo la atacaba con chantajes y reproches. Un día le dije, no sé muy bien por qué: Ya no te quiero. Era un niño tonto y no conocía el poder de las palabras. Ella me miró con asombro y se fue a su cuarto. Yo la seguí y antes de que cerrara la puerta, alcancé a ver sus ojos húmedos.
Con los años se estableció una tregua, más por distracción mía que por acuerdo mutuo: me la pasaba enamorado. Encontraba a las mujeres más hermosas del mundo todos los días, en el camión, en la tiendita, en el salón, en el recreo, en la iglesia.
Recuerdo el primer ramo de rosas que compré. Era de noche. Salía de una actividad de la iglesia en la que había conocido a S., que había cometido el error de sonreírme. Me sentía valiente, decidido, inmortal, como uno se siente a los trece años.
La iglesia había organizado actividades toda esa semana para los jóvenes de distintas congregaciones. El propósito: relacionarnos con personas con los mismos principios y valores que nosotros.
Llegué a casa con las flores y mi mamá se emocionó. Le dije que no eran para ella, que las entregaría mañana, que me ayudara a ponerlas en agua.
Al día siguiente eché a la mochila la biblia, las rosas y un libro de mormón. Según yo, si llegaba con las flores en mano, arruinaría la sorpresa.
Cuando vi a S. me fallaron las piernas, me sentí trágico, expuesto. No tuve oportunidad de encontrarla a solas, dije cuando llegué de nuevo a casa, para justificarme, pero también para evitar malos entendidos. Pilar fue comprensiva y puso las flores en agua ese día, y el siguiente, y el siguiente.
Sentados en las gradas, mirando la pista olímpica, S. me confesó el último día de actividades que le gustaba un chico de otra congregación. Ser buen amigo tiene su precio.
Llegué tarde a casa, derrotado. Las flores, solidarias, decidieron marchitarse. Finalmente se las regalé a Pilar y ella las tiró a la basura.
II
Pilar es un roble. No se conmueve con cualquier cosa. Salvo aquella ocasión, son pocas las veces que la he visto (¿hecho?) llorar.
La recuerdo entera los días que estuve internado en el hospital por una biopsia renal, porque en una de esas perforaciones la aguja rompió una de las venas de mi riñón, nuestro riñón.
Como no podía levantarme de la cama, ella me ayudaba a sujetar la sábana para que yo pudiera orinar en una botella de agua vacía que sostenía por debajo.
Orinaba coágulos de sangre. Los médicos decían que era natural por el daño que sufrió el órgano, que con el tiempo se iría aclarando.
Al tercer día me transfundieron sangre, al quinto advirtieron que si seguía así tendrían que ponerme una sonda.
Pilar se mantenía firme, me tranquilizaba, me decía que todo estaba bien, aunque la sangre siguiera saliendo espesa, oscura.
Fue hasta el sexto día en que, después de orinar, levanté la botella y vimos que el líquido era de color ámbar. Entonces Pilar se rompió como una vena y lloró lo que no había llorado antes. Absorto en mi dolor, no me había puesto a pensar en ella, en todo lo que había aguantado. Esa fue la segunda vez que la vi llorar.
La escena todavía me conmueve, incluso con el tiempo me resulta un poco cómica: una madre y su hijo abrazados, llorando mientras miran, incrédulos, una botella con orina.
III
Pilar no se llama Pilar, se llama Patricia. Yo la llamo Pilar porque sin ella, desde hace mucho tiempo, mi vida se hubiera derrumbado.
Hoy es su cumpleaños. Cuando termine de escribir esto, iré a verla, decidido y valiente. Llegaré con lo poco que me queda de inmortalidad y un ramo de rosas en mano, aunque arruine la sorpresa.
Llegaré para decirle que la amo y que ella es, por mucho, la mujer más hermosa del mundo.




¡Feliz cumpleaños a Pilar! Seguro que este obsequio perdurará más que cualquier otro.
Muy buen poema, escrito desde el alma, felicidades a tu mami.